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«No queremos que nos mimen, sino que nos respeten».

«Antes ir a la hierba era casi una fiesta. Te juntabas con los vecinos, os echábais una mano unos a otros, comíais juntos... Ahora da hasta pena». Que la montaña asturiana se desangra es algo de lo que sus habitantes llevan años avisando. A ellos no les hacen falta complejos estudios dirigidos por prestigiosas universidades para darse cuenta de que se ha iniciado un camino cuesta abajo que va a ser muy difícil remontar. Lo ven. Lo viven. Lo notan en su día a día. En cada verano que suben con sus reses al puerto y ven cómo cada vez son menos. En los invernales que se caen de pura ruina. En unos pueblos que ya son solo ecos de lo que una vez fueron. Los actuales pastores de Picos son herederos de una tradición milenaria que, claman, morirá con ellos si no se pone remedio al rosario de problemas a los que llevan décadas haciendo frente y a los que la proliferación del lobo está poniendo la puntilla.

Cuando José Gómez, pastor de Oceño (Peñamellera Alta), decidió seguir los pasos de sus padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos sabía que la suya no iba a ser una vida fácil. Lo mamó desde crío. Las interminables jornadas con la reciella en el puerto, las agotadoras horas yendo a la hierba, la ausencia de días festivos o vacaciones. Pero era su vida. Hoy, en muchas ocasiones, demasiadas, se ha convertido en su pesadilla. «En la última década hubo años en que el lobo me mató hasta medio centenar de animales. Son pérdidas y sufrimiento que llevo sobre los hombros», indica, y apunta a que la culpa no es de los cánidos, sino «de nuestros gobernantes. De la pésima gestión que están llevando a cabo». Ni él ni sus compañeros de profesión, insiste, quieren acabar con la especie, pero sí reclaman un control, porque «se está desmadrando. No tiene miedo al hombre y aunque yo salgo con las cabras al amanecer y vuelvo con ellas al anochecer, me las mata en pleno día, a mi lado», asevera.

En términos similares se expresan Aquilino Díaz y su hijo Juan, queseros y ganaderos de la localidad cabraliega de Tielve. Tras toda una vida de pastoreo, indica el padre, jamás vio a los cánidos atacar tanto y tan cerca de los pueblos como ahora. «Nos tienen completamente olvidados, no nos quieren escuchar y están acabando con nuestra paciencia», lamenta, en referencia a los políticos. Y apunta no solo a los daños de la fauna salvaje, también al «abandono» que sufren las infraestructuras necesarias para llevar a cabo su trabajo. «Hace dos años que nos llevan prometiendo que van a reparar la pista que sube a Valfríu, pero seguimos esperando y está cada día peor. No queremos coronas cuando alguno se mate, queremos soluciones», insisten los cabraliegos.

La suma, primero, de los bajos precios de la leche y la carne, las dificultades burocráticas después y los ataques de los cánidos desde hace unos años, está acabando con el pastoreo en los Picos de Europa y su entorno. «Antes en Arenas habría unas 2.500 cabezas de reciella y ahora con suerte llegarán a las trescientas», indican padre e hijo. En su pueblo, en Tielve, sucede lo mismo. «Quedan apenas siete rebaños mientras que antaño había uno en cada casa», lamentan.

Todos estos problemas también los sufrieron en sus carnes, pese a su juventud, Kaelia Cotera y Abel Fernández. Procedentes de familias ganaderas, de Tresviso (Cantabria) ella y de Sotres (Cabrales) él, ambos decidieron establecerse en esta última localidad. Juntos se dedican a la cría de vacas, cabras y ovejas y, como sus compañeros pastores, ven un negro futuro si no se lleva a cabo un radical cambio en la gestión. «Solamente quedan tres rebaños de cabras en un pueblo en el que no hace mucho se superaban las mil cabezas», apuntan, e indican que de un tiempo para acá «son disgustos todos los días».

Los pastores rechazan la idea de que el lobo ataca a sus animales porque los dejan 'abandonados' a su suerte en el monte. «Los acompañamos y los recogemos todas las noches», asevera Abel, y Kaelia apunta a que cuentan con varios perros. Sin embargo, indica, «los mastines no sirven para una orografía como la de Cabrales, pues las cabras se dispersan mucho y necesitas muchos perros para guardarlas que son muy difíciles de mantener». Dejar al rebaño guardado durante todo el año tampoco es una opción, pues al gasto extra que supone el tener que traer hierba de Castilla se suma la negativa de los profesionales a tener permanentemente encerrados a unos animales que nacieron para pastar en la montaña.

Con todos estos lastres, son cada vez menos las personas dispuestas a seguir adelante y solo en Sotres desde el pasado verano se vendieron ya tres rebaños, uno de ellos el de la tía de Abel, heredado de varias generaciones atrás. «Cuando yo era un crío recuerdo que vendíamos los corderos a sesenta euros y ahora tienes suerte si te pagan 25», lamenta, y su mujer incide en que una posible solución de futuro sería la creación de una IGP del cordero y el cabrito de Picos. «Muchos establecimientos hosteleros de la zona lo ponen en su carta como si lo fuese pero no es cierto, los traen de fuera, no hay derecho», critican. Y añaden que también sus vecinos elaboradores de queso Cabrales y Gamonéu deberían usar un mayor porcentaje de leche de reciella, revalorizando así sus productos y abriendo la puerta a la continuidad del pastoreo.

Mientras esto no suceda y no se ponga freno al lobo, insisten los pastores de Picos, ellos serán los últimos. Hay quien pone incluso fecha al cierre de gran parte de las actuales explotaciones. «Este mismo año termina el ciclo de las ayudas de la PAC y esto va a ser una sangría, pues muchos estaban aguantando por eso», indican Abel y Kaelia. Aquilino y su hijo Juan se muestran de acuerdo y lamentan que, pese a la existencia en la comarca de un buen número de jóvenes que quieren mantener la actividad, «las pésimas perspectivas de futuro desaniman a cualquiera».

Precisamente así, con el ánimo por los suelos está estos días el peñamellerano José Gómez, a quien la semana pasada el lobo le mató varios animales, algunos de ellos madres con crías de días. «Me planteo dejarlo y me va a doler en el alma, pues es mi vida. Mi hermano y yo somos la cuarta o quinta generación de pastores de nuestra familia, pero las pésimas políticas que se están llevando a cabo acabarán con nosotros», apunta. Y asevera que «no quiero que me mimen, sino que me respeten. Quiero que se tomen medidas en el acto cuando ven que nos estamos desangrando», apostilla. La herida, sin embargo, quizás sea ya demasiado grave para tener cura.

Referencias

El Comercio.