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Las ruinas de San Pedro de Plecín

El día 4 de octubre, festividad de San Francisco, subimos a Alles, ese pueblo recogido en una ladera de la Sierra del Cuera, que mira a los Picos de Europa y al mítico Peñamellera.

Una vez allí, desde el barrio Llumberu tomamos un senderín que, después de ascender, desciende por un empinado empedrado, un haz de luz bajo las ramas de los árboles, que deja a los pies de las ruinas románicas de San Pedro de Plecín.

Tras la primera impresión, en la que se mezclaron la desilusión por el abandono de nuestro patrimonio cultural y la estética de los restos de la arruinada iglesia, se aprecia el enorme grosor de los muros y te puedes imaginar que fue un modelo rural de una sola nave rectangular. Luego, los ojos se van a lo que queda de la portada sur y a sus capiteles decorados con motivos vegetales, instrumentos musicales y sirenas, grifos y centauros, y seguidamente a una preciosa ventana con figuras de dragones enmarcando la saetera, sobre la que hay un relieve de El Salvador.

Y es que en su origen este templo, alzado sobre el lugar donde hubo un túmulo dolménico, y alrededor del cual surgió el asentamiento de Plecín, estaba dedicado a San Salvador.

Y, como suele ser habitual, en torno a aquel pequeño santuario se forjaron leyendas que se perpetuaron en la memoria, como la que cuenta que debajo de Plecín estuvo escondido un caldero de oro. También, confusas noticias refieren que un noble alavés, llamado Don Vela, se refugió en aquel templo y que allí fue enterrado, afirmando que bajo el muro norte existió un sarcófago mostrando un guerrero con espada y escudo. Es más, hace poco más de dos años se recuperó una lápida, la cual durante mucho tiempo había servido de coronamiento de cierre de una finca, que podría ser la de aquel conde.

Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que aquel templo, de estructura prerrománica que se reformó con formulas románicas y que cambió a la advocación de San Pedro, se mantuvo como parroquia hasta 1787, a pesar de que ya la mayoría de los habitantes del antiguo núcleo se habían trasladado al alto del cerro.

A partir de esa fecha, como consecuencia de levantarse la iglesia barroca de San Pedro de Alles, comienza la ruina de Plecín y el expolio de sus materiales, utilizándose sus piedras para construir el ayuntamiento, casas particulares y cercados, desapareciendo capiteles, canecillos y lápidas, convirtiéndose en una suerte de cantera disponible para cualquiera.

Cuando iniciábamos el camino de vuelta, llegó corriendo una setter irlandesa de pelo sedoso color caoba y anillo blanco alrededor del cuello, a la que seguía un dicharachero y cordial vecino peñamellerano de Alles.

La dulce Laika, que así se llama la perrina, ansiosa por agradar y con entusiasmo por la vida, como su dueño, que curiosamente tiene el nombre del santo de aquel día, pusieron el remate a nuestra visita a las ruinas de San Pedro de Plecín, las más antiguas del Valle Altu de Peñamellera, y que junto a las de Santa María de Tina y al Monasterio de San Antolín de Bedón constituyen los monumentos románicos de la zona oriental de Asturias abandonados a su suerte.

Referencias

http://www.diariodeloriente.es/2017/11/18/las-ruinas-san-pedro-plecin/